miércoles, 5 de agosto de 2015

Si sientes que no estás dejando ir a alguien, entonces no te estás dejando ir a ti mismo, no a la otra persona... El otro es donde él eligió estar. No se para detrás de ti. No se para a tu lado. No se para frente a ti. No se sienta en tu sofá. No toma el té contigo. No se despierta en tu cama. No llama desde lejos. No pide tus palabras, tu ternura, tu presencia, tus manos sobre su cuerpo. No te cuenta sobre su vida cotidiana. No se ríe contigo de chistes ingeniosos o simplemente porque está de buen humor. No comparte la cena contigo. No se va de vacaciones contigo. No pregunta cómo estás. No te consuela cuando estás triste. No elige regalos para ti en Año Nuevo. Es una lista millonaria, antes de cada línea de la cual aparece ese mismo insidioso NO que tanto asusta la ingenua superstición de muchos. Pero no temes a estas dos cartas, pues piensas que lo importante no son los hechos en sí, sino el poder de tus pensamientos. Los pensamientos son verdaderamente poderosos. Especialmente cuando su poder reside en la capacidad de percibir solo lo que es, y no lo que uno desea. Más que cualquier otra cosa. Así pues, cuando sientes que no dejas ir a otra persona, la verdad es que no necesitaba tu permiso para irse, pero tú sí necesitas ese permiso para seguir adelante. No te dejas llevar por tu propia vida, creciendo imperceptiblemente hacia el lado inquieto de esa vida ajena, a la que no fuiste invitado o de la que, por desgracia, fuiste invitado. No te permites alcanzar ese equilibrio saludable donde quien se fue o no aceptó no es quien es mejor que tú, sino quien no estaba a tu altura. No te dejes llevar por esa seguridad donde el amor no exige sacrificios, humillaciones ni limosnas. Y donde no ofrece nada a cambio de esos dones que destruyen a quienes los poseen. No te dejas llevar hasta que seas libre de designarte a ti mismo como dueño de tu destino y garante de tu única felicidad posible. No te sueltas hasta que alcanzas ese punto de madurez en el que entiendes bien que la intimidad siempre es voluntaria, lo que significa que no importa cómo te aferres con tus manos o tus pensamientos, no podrás retenerla. Quien quiera, se queda. Por su cuenta. No te sueltas a ti mismo. Solo a ti mismo. Y este, en general, es tu derecho. Y tu posible elección: no dejar entrar a nadie en el espacio ocupado por alguien que existe allí al nivel de tu propio poder mental. Si es tan bueno, que así sea. Si las cosas ya no van bien, pero paradójicamente te gustas a ti mismo en tu sufrimiento, entonces que así sea. Si las cosas han dejado de ir bien hasta el punto de darse cuenta desesperadamente de que ya es suficiente... entonces recuerda que no hay nadie. No hay nadie más que tú. Y nadie te frena excepto tu enfermizo pensamiento infantil de que obtener incluso una migaja de alguien frío e inalcanzable es mucho más valioso que sentir el calor de alguien que se acerca a ti con ello... El mundo adulto no necesita ídolos. Él necesita reciprocidad.

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