Un día, un joven conocido por su astucia y su afán por avergonzar a los demás decidió poner a prueba la sabiduría de un anciano cuyo nombre era conocido mucho más allá de su aldea. El joven ideó una pregunta que creía que el anciano no podría responder correctamente.
Atrapó una mariposa y, sosteniéndola en sus manos, se acercó al anciano.
«Anciano», dijo el joven con fingida cortesía,
«dígame qué tengo en mis manos».
El anciano, mirando al joven, respondió con calma:
«Tienes una mariposa en tus manos».
El joven, ligeramente sorprendido por la respuesta precisa pero sin desanimarse, continuó con su plan.
«Entonces dígame, anciano», preguntó con una sonrisa pícara, «¿esta mariposa está viva o muerta?».
El joven estaba seguro de que el anciano no podría adivinarlo. Planeó que si el anciano decía que la mariposa estaba viva, apretaría los puños y la mataría. Si el anciano decía que estaba muerta, abriría las palmas y la mariposa volaría.
El sabio reflexionó un instante, observando al joven con una leve sonrisa. Luego, dijo en voz baja:
«Todo está en tus manos».
El joven se quedó paralizado. Su plan había fracasado. Comprendió que el sabio no solo había entendido su plan, sino que también le había enseñado una lección que lo acompañaría toda la vida. Entendió que no solo la vida de aquella pequeña mariposa estaba en sus manos, sino también sus propias decisiones y acciones. De él dependía qué camino elegiría: creación o destrucción, bien o mal.
El anciano se marchó en silencio, dejando al joven sumido en sus pensamientos, y solo el suave aleteo de la mariposa al volar libre rompió el silencio.

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